Toc toc…
Me dirigí hacia la puerta descalza, sabiendo que eso le
daría aún más ventaja ante mi diferencia de altura.
Puse la mano en la manecilla con los nervios de la
primera vez.
— ¡Hola!! —dijo con una sonrisa nerviosa—. ¡Qué
ganas tenía de verte!
Me derribó con un abrazo apretado.
Hacía muchísimo tiempo que no nos veíamos…
demasiado para las ganas que teníamos siempre.
Sus labios cayeron sobre los míos con prisa.
— Mmm, sabes a tabaco —le dije, recriminándole que
hubiera vuelto a viejos vicios… aunque, pensándolo
bien, precisamente por eso estaba en esa habitación de
hotel. Porque yo era uno de sus viejos vicios.
Se disculpaba entre beso y beso mientras sus manos
empezaban a subir mi vestido. El aire frío de la
habitación contra mi piel recién descubierta. Esas
grandes manos que conocen cada centímetro de mí
como si me perteneciera desde siempre. Mis manos se
dirigieron hacia su cabeza… ese es mi vicio, enredar
mis dedos en su pelo… y un poco suyo también, porque
ese simple gesto le cambia la mirada.

Apartó su boca para sacarme la ropa por los brazos. Me
miró de arriba a abajo.
— Joder —exclamó—. Cómo te he echado de menos.
Mis manos bajaron por su cuello, dibujando con la yema
de los dedos sus tatuajes. Un sonido gutural. Sabía lo
que venía después.
Seguí bajando hasta rozar el elástico de su pantalón. El
único impedimento que había para mi objetivo. Le vi
cerrar los ojos. Sí, era verdad que nos echábamos de
menos: nuestras pieles conectan tanto como nuestras
ganas.
Mi mano se coló dentro del pantalón para agarrar ese
miembro ya listo para mí. No esperaba menos. Su
respiración se cortó en seco cuando me vio agacharme
y sacarle la polla del pantalón.
Ahí estaba. Joder, yo sí que la había echado de menos
a ella.
La toqué con la punta de la lengua, suave, lo justo para
que quisiera más. Un lametazo. Le miré: jadeaba. Y
entonces, sin dejar de mirarle, acerqué los labios y
empecé a metérmela entera, humedeciéndola con mi
saliva…
— Joder —

Me agarró la cabeza para dirigirme, marcando el ritmo
que tanto le gusta, ese que sabe que me vuelve loca a
mí también. Dejé que guiara, sintiendo cómo su
respiración se rompía cada vez que llegaba hasta el
fondo. Un gemido ronco, casi un gruñido, se le escapó
cuando levanté la mirada sin dejar de moverme.
— Ven —dijo, tirando suavemente de mi pelo hacia
arriba.
Me puse de pie despacio, dejando que mi cuerpo rozara
el suyo entero al subir, y me miró como si llevara toda la
vida sin verme así. Me cogió en brazos — esa
costumbre suya de tratarme como si no pesara nada —
y me subió al escritorio sin dejar de besarme, ahora con
más calma, saboreando, como si de repente tuviéramos
todo el tiempo del mundo.
Bajó besando mi cuello, mi pecho, deteniéndose ahí un
segundo de más porque sabe lo que provoca su aliento
en mi piel. Dos dedos rozaron el encaje de mi tanga,
colándose dentro de la tela para apartarla con urgencia.
Y entonces sentí su polla llenarme entera, de una sola
vez, sin pausa.
— Te quiero —gimió contra mi cuello, quieto un
segundo, solo sintiendo.
Yo clavé los dedos en su espalda. No hacía falta decir
nada.

Empezó a moverse despacio al principio, como si
quisiera grabarse la sensación de estar dentro de mí
otra vez, y luego más rápido, más profundo, hasta que
mi cabeza golpeaba contra la pared con cada
embestida. No era la postura más cómoda del mundo.
Me daba igual. Tenerle dentro era mi sitio favorito, y lo
demás —el escritorio duro, la pared, el ruido que
hacíamos— no importaba nada comparado con eso.
— Joder, así —dije, o creo que dije, porque para
entonces las palabras ya no me salían bien.
Me sujetó la cadera con una mano y con la otra buscó
mi nuca, sin dejar de moverse, sin dejar de mirarme,
como si necesitara ver mi cara para creerse que de
verdad estaba ahí otra vez. El ritmo se volvió más
urgente, menos medido, los dos persiguiendo lo mismo.
— No pares —le pedí, aunque él tampoco tenía ninguna
intención de hacerlo.
Su respiración se volvió irregular contra mi oído, esa
mezcla de gemido y palabra a medias que siempre me
avisa de que está cerca. Aceleró el ritmo, clavándose
más profundo, y sentí cómo todo mi cuerpo empezaba a
tensarse alrededor de él, esa sensación que sube
desde dentro y no se puede parar ni queriendo.
Enredé las piernas alrededor de su cintura, buscando
que no hubiera ni un milímetro de distancia entre los
dos.

— A la cama —le pedí, sin aliento, con la voz cortada—.
Quiero ir a la cama.
No hizo falta que lo repitiera. Me levantó del escritorio
sin salir de mí, sujetándome fuerte por debajo de los
muslos, y caminó así hasta la cama, los dos jadeando,
riéndonos un poco por el equilibrio precario, por las
ganas que teníamos de no perder ni un segundo de
contacto.
Me dejó caer sobre el colchón sin dejar de estar dentro
de mí, y ahí, con más espacio, con la espalda hundida
en las sábanas en vez de contra la fría madera, retomó
el ritmo donde lo habíamos dejado. Más hondo todavía,
si eso era posible.
— Así, mucho mejor —dijo contra mi boca, sonriendo a
medias entre beso y beso.
Me levantó las piernas, apoyándolas sobre sus
hombros, y el cambio de ángulo le dejó entrar todavía
más profundo. Se quedó así un momento, mirándome,
mordiéndose el labio con esa mezcla de concentración
y deseo que tan bien conozco, antes de retomar el ritmo
con fuerza.
No apartó los ojos de mí ni un segundo. Y yo tampoco
de él.
Fue subiendo todo a la vez —el ritmo, la respiración, la
tensión— hasta que ya no hubo manera de aguantar
más. Estallamos juntos, casi al mismo tiempo, sin dejar

de mirarnos, como si necesitáramos ver el momento
exacto en el que el otro se rompía.
Se dejó caer sobre mí después, todavía dentro, los dos
sin aliento, con las piernas resbalando despacio de sus
hombros hasta enredarse en su cintura otra vez, ya sin
prisa.
— Joder —dijo, con la frente apoyada en la mía—.
Cómo te había echado de menos.
— Y yo a ti —conseguí decir, entre risa y respiración
entrecortada.

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