El truco ya está quemado

Abro la puerta y ahí está. En la acera de enfrente, montado en su moto, esperándome. A través del casco veo cómo me sonríe con la mirada. Respiro hondo y cruzo.

Se quita el casco y lo deja encima de la moto. Se aproxima, me da dos besos con la mano en mi hombro y se presenta mirándome igual que lo hacía a través del casco. «Encantado, soy Marcos». Coge el segundo casco, me lo pone con cuidado y me lo ajusta. «Agárrate a mi hombro para subir». Me subo como puedo y le rodeo la cintura con los brazos. Arranca. «Agárrate fuerte, solo te pido que no tengas miedo».

El aire roza mi cuerpo. Cada badén me arrima más a él. Me aparto para no incomodar y él se gira con media sonrisa, sin decir nada.

El súper está cerrado. Me pone las manos en las piernas, apartándome el vestido, y echa la cabeza atrás. «Conozco otro sitio, y hay un parque al lado. Confía en mí, te gustará».

Vamos a un 24 horas, pillamos algo de beber y una bolsa de patatas para cada uno. Invita él. Nos sentamos en los merenderos del parque y hablamos de todo un poco, picándonos, riéndonos, con roces que aparecen solos. «Yo no comparto mis patatas», me dice mientras me mete una en la boca.

Cuando está a punto de anochecer nos vamos. Me vuelve a colocar el casco con cuidado y se pone el suyo. Antes de subir me echo cacao y le ofrezco. Va a quitarse el casco a toda prisa. «Del de barra, digo». «Entonces no». Le contesto con una sonrisa. «¿Ese truco no está ya muy quemado?». Me mira de reojo, sonríe y suelta «sube, anda».

En el camino me vuelvo a apartar, pero esta vez me pone la mano en la espalda y me arrima a él todo lo que puede. «Acércate sin miedo, no me molestas». Me agarro bien pero aún así con cada badén mis pechos rebotan contra su espalda.

Aparca en mi garaje. Al bajarme me arde la cara de vergüenza. Me ayuda, me quita el casco con cuidado sin dejar de mirarme y se quita el suyo. «Noté cómo rebotaban tus pechos, no te voy a mentir, me gustó». Y antes de que pueda asimilar lo que me ha dicho, se acerca, me coge con una mano de la cintura y con la otra por detrás del cuello. «También me gustaría probar el cacao de tus labios».

Junta sus labios con los míos y me acerca a él. Sus manos aprietan más, pero sus besos van lentos, entrelazando nuestras lenguas. No aguanto esa lentitud y lo empujo contra la pared. Cuando se da cuenta de lo caliente que estoy, me pregunta si prefiero que suba.

Voy al baño, me quito el sujetador y las bragas, y al salir lo veo esperando en el sillón. Me da besitos, me toca, y soy yo la que le dice de ir a la cama.

Entre besos recorriendo nuestros cuerpos y caricias llegamos a la cama sin ropa. Sin parar de sentirnos, me froto con su miembro para humedecerlo. Sin previo aviso me agarra y me pone encima. Su pene quiere entrar delante pero moviendo la cintura me la meto poco a poco por detrás.

No puedo evitar gemir e instintivamente pongo mis manos en mi vientre. Busca mis manos, las entrelaza rectas y con fuerza.

Todo mi cuerpo se estremece. Me mira de arriba a abajo y suelta una exhalación de deseo mientras que empieza a mover la pelvis suavemente. Cada vez estoy más húmeda y mi corazón va más acelerado, elevo el ritmo y la fuerza. Marcos con la voz rasgada, casi ahogado por el placer susurró «No sabía que te gustase por detrás». Ambos seguíamos el ritmo, con cada penetrada nos volvíamos más pasionales y primitivos. Me echo hacia atrás sin dejar de entrelazar nuestras manos cada vez más aferradas, sintiendo como entra más profundo. Justo cuando siento que me corro, me acerco y nos besamos entre gemidos.

Me empiezan a temblar más las piernas. «¿Quieres seguir?», le respondo que sí con la cabeza sin parar de sentirlo.

«Ponte boca abajo y estira las piernas, confía en mí» Le obedezco y se pone encima. Penetra en mí muy lentamente. Aprieto cada vez más fuerte dentro de mí conforme va entrando y suelto poco a poco según va saliendo, cada vez que lo hacía su respiración se agitaba.

Me arde desde la parte baja del abdomen hasta la garganta, soltando un gemido con cada penetración. Se apoya en un lado para poder mirarme a la cara. Sus embestidas cada vez eran más rítmicas y fuertes al son de mis jadeos.

«Háblame» consigo decir entre medias de una exhalación. «¿Cómo quieres qué te hable si no puedo dejar de mirarte?» Me responde haciendo énfasis en cada palabra con cada penetración. «Me…siento…observada» dejo caer a través de los únicos respiros que tengo entre gemidos.

Siento la calidez de su respiración en mi oído y me susurra «Me encanta ver cómo disfrutas» y me lame el cuello pero antes de que termine de lamer, mi garganta empieza a raspar de tanto placer. Mi cara está contra la almohada mirando a Marcos. «Agua…» Jadeo, apenas pude recuperar el aliento. «No hasta que me ruegues que me corra» me ordena mientras con la otra mano me abre más. «Correte Marcos. Por…por favor» gimoteo.

Rodea mi cuello con su brazo anclandose en mi hombro y entrelaza sus piernas usando la tracción para impulsarse con más brusquedad. Mi espalda se arquea y mi culo se levanta, aún sin aliento quiero más. Pongo mi mano en la pared como punto de apoyo y seguirle el ritmo. Lo sostengo con una mirada visceral. Mi voz se endurece y rasga «Uuufff Joder me encantas… correte Marcos, sí, así, córrete «, al escuchar mi nombre salir de mis labios Marcos estalla de gusto y cae suavemente sobre mí.

Se pone a mi lado y me pasa el agua. Al terminar de beber agua me besa mientras que me rodea con su brazo para abrazarme. «Me ha encantado» murmura antes de darme otro beso «uuufff aún siento tu coñito apretándome», mientras lo decía su pene reaccionaba al recuerdo poniéndose de nuevo erecto.

«A mi también, ya veo que no eres al único que le ha gustado» digo palpando su miembro. Clavó sus ojos entrecerrados cargados de deseo en los míos y con una sonrisa pícara me contesta «¿Acaso crees que hemos terminado?».

Aún con el cuerpo erizado, mi respiración se agita solo de visualizarlo y niego con la cabeza. «Buena chica» me dice con la voz ronca y relamiéndose ante mi temblor.

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