Entré en un grupo de WhatsApp para amantes del cine clásico gracias a una amiga. No conocía a nadie, pero todos me recibieron con stickers, mensajes de bienvenida y audios de voz. Me hizo gracia comprobar cómo, en apenas unos segundos, cada persona parecía tener una personalidad distinta solo por la forma de hablar.
Pero cuando escuché el suyo, algo cambió.
Lo primero que dijo fue mi nombre.
Y noté cómo mi cuerpo reaccionaba antes incluso de saber quién era. Su voz era profunda, cálida, con un tono que parecía acariciar cada palabra. No estaba diciendo nada especialmente sugerente; simplemente se presentaba y proponía ir a ver Cantando bajo la lluvia en un cine del centro. Una película antigua, una conversación inocente, un plan cualquiera.
Y, sin embargo, su voz consiguió despertar algo en mí y sentí de repente una humedad entre mis piernas.
Le contesté que me había interesado su plan y que tenía ganas de volver a ver esa película. Me respondió en privado.
Empezamos a mandarnos audios.
Durante diez minutos hablamos de cine, de películas antiguas, de actores que ya no existen y de escenas que recordábamos con cariño. Nada en aquella conversación era sexual. Nada debería haber provocado lo que estaba sintiendo, el calor que me provocaba su voz.
Pero cada vez que pronunciaba mi nombre, mi respiración cambiaba.
Había algo en la manera en que lo decía. Como si no fuera una palabra cualquiera, como si al pronunciarlo estuviera descubriendo algo de mí que ni siquiera yo conocía.
Me tumbé en el sofá y escuché uno de sus audios otra vez. Después otro. Sonreí al darme cuenta de que estaba esperando escuchar mi nombre de nuevo.
Sin pensarlo demasiado, deslicé mi mano y empecé a acariciarme mientras volvía a escuchar su voz. Me sorprendía la facilidad con la que una simple conversación había conseguido llevarme hasta allí sin ninguna connotación sexual.
Entonces sonó el teléfono.
Era él.
Durante un instante me quedé inmóvil, con el corazón acelerado y mi mano en mi coño. Al escuchar de nuevo su saludo y mi nombre al otro lado de la llamada, sentí que perdía la capacidad de fingir normalidad.
Me preguntó si estaba cómoda con la llamada.
Un leve gemido escapó de mí antes de poder evitarlo.
Hubo un silencio.
—¿Acabo de escuchar eso? —preguntó con una mezcla de sorpresa y diversión.
Esperé unos segundos, intentando encontrar una excusa perfecta, mientras mi parte racional trataba de recuperar el control ante tanta excitación.
Pero no la encontré.
Me confesó que le daba vergüenza decirlo, pero que él también se sentía excitado. Aquella confesión hizo que la distancia entre los dos desapareciera de repente. Ya no éramos dos desconocidos hablando por teléfono; éramos dos personas dejándose llevar por una conexión inesperada.
Sentía la necesidad de escucharle más, de saber hasta dónde podía llegar aquella complicidad. Así que le confesé lo que estaba pasando debajo de mis bragas.
Su voz cambió.
Se volvió más baja, más sugerente.
Con poca timidez me dijo que empezaba a sentir su polla dura.
Grité su nombre en un susurro, sorprendida de lo natural que resultaba todo aquello. La conversación siguió avanzando entre confesiones, risas nerviosas y empezó a relatar la intención que tenía de comerme entera.
Me estremecí de placer y la imaginación hizo el resto. Mis manos seguían cada palabra que él decía. Introducía mis dedos en mi una y otra vez, sentía su lengua imaginaria entre mis piernas y mis gemidos fueron aumentando de volumen. Su voz y su relato, se habían convertido en una fantasía, casi real.
La intensidad subía entre los dos, notaba cómo él también disfrutaba con mis gemidos al otro lado del teléfono. Cuando volvió a pronunciar mi nombre, la intensidad del orgasmo que tuve en ese momento fue creciendo hasta una magnitud incontrolable. Acabe, no sin antes oírle a él acabar temblando después de irse conmigo.
Cuando todo terminó, nos quedamos unos segundos en silencio, escuchando únicamente nuestra respiración. Seguía con mi clítoris en la mano, sin creer todavía lo que había pasado.
Me confesó que era la primera vez que hacía algo así, y mucho menos con una desconocida.
Me reí.
Había algo extraño y bonito en aquella sinceridad.
Recuperé poco a poco el habla y le dije que yo tampoco sabía exactamente cómo había ocurrido, que simplemente me había dejado llevar.
Entonces me preguntó si seguía en pie nuestro plan de ir al cine.
Sonreí.
—Claro que sí.
Después de todo, tenía curiosidad por descubrir si aquella voz sonaba igual de bien cuando la persona que estaba detrás de ella estuviera sentada frente a mí.
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