La distancia exacta

Ella había descubierto que el deseo tenía una música.

No era una melodía que pudiera tararearse. Era algo más sutil: el silencio que quedaba entre dos respiraciones, el instante en que una mano dudaba antes de tocar, ese pequeño abismo en el que todavía podía ocurrir cualquier cosa.

Aquella noche la escuchó desde el principio.

Estaban sentados frente a frente, separados por una mesa demasiado pequeña para fingir indiferencia y demasiado grande para permitirles olvidarse del otro. Afuera llovía. Las gotas resbalaban por el cristal como si alguien hubiese dibujado caminos que nunca llegaban a ninguna parte.

Él la miraba.

Ella sostenía la mirada.

Ninguno sonreía ya.

—¿En qué piensas? —preguntó él.

Ella tardó en responder.

—En que llevas toda la noche acercándote sin hacerlo.

Él bajó los ojos, casi divertido.

—Quizá estoy esperando que seas tú quien se acerque.

Aquello bastó.

Ella se levantó.

No hubo prisa. Nunca había prisa en las cosas que realmente importaban.

Cuando estuvo frente a él, sintió primero el calor de su cuerpo y después el temblor diminuto de sus propias manos. Se inclinó. El primer beso fue breve, casi una pregunta.

El segundo no.

A partir de entonces, el tiempo perdió su forma.

Ella cerró los ojos.

Quería recordar aquel momento y, al mismo tiempo, dejar de recordarlo. Había algo contradictorio en el deseo: cuanto más consciente era de sí misma, menos podía abandonarse a lo que estaba sintiendo.

Respiró.

Otra vez.

Más despacio.

La habitación parecía haberse vuelto inmensa.

Ya no escuchaba la lluvia.

Solo su propia respiración.

El placer comenzó como una insinuación, apenas perceptible, una corriente cálida que avanzaba lentamente bajo la piel. No llegó de golpe. Creció.

Y ella comprendió que aquello era lo que siempre había intentado explicar sin encontrar palabras: que el deseo no era una línea recta hacia ninguna parte.

Era una espera.

Un ascenso.

Una pérdida gradual de control.

Apoyó la frente contra él.

Durante unos segundos permaneció completamente quieta.

Después, su respiración se quebró.

Cerró los ojos.

El cuerpo hizo el resto.

La sensación alcanzó un punto en el que dejó de parecer localizada. Ya no sabía dónde empezaba ni dónde terminaba. Todo era intensidad: el pecho, el vientre, las piernas, la garganta. Una sucesión de pequeñas ondas que crecían hasta convertirse en una sola.

Y entonces sucedió.

No fue como había imaginado.

No hubo música, ni vértigo, ni una revelación luminosa.

Hubo algo mucho más extraño.

Silencio.

Un silencio absoluto dentro de ella.

Durante un instante no pensó en quién era, ni en quién había sido, ni en quién esperaba ser mañana. No hubo preguntas. No hubo miedo. Ni siquiera hubo deseo.

Solo estuvo allí.

Entera.

Cuando abrió los ojos, seguía lloviendo.

Él la observaba sin decir nada.

Ella sonrió.

—¿Qué? —preguntó él.

Negó con la cabeza.

—Nada.

Pero no era verdad.

Era precisamente lo contrario.

Había algo que quería decir, aunque todavía no sabía cómo.

Quizá porque acababa de comprender que un orgasmo no era exactamente alcanzar un lugar.

Era desaparecer durante un instante de todos los lugares.

Después volvió lentamente a sí misma.

Sintió el peso de sus piernas, el aire fresco sobre la piel, el latido todavía desordenado de su corazón.

Y pensó que quizá el verdadero misterio del placer no estaba en cuánto podía sentir un cuerpo.

Sino en cuánto tiempo podía olvidarse de él.

Fuera, la lluvia continuaba.

Dentro, ella respiró profundamente.

Y esta vez no necesitó esconderse de nada.

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