Ave María purísima. Sin pecado concebida Padre.
¿Qué te inquieta, hija mía?
¿De qué pecados necesitas que Dios Nuestro Señor te absuelva?
La cosa Padre es que, acabo muy cansada del trabajo. Hace ya algunos meses, en una cena de amigas, alguna lo comentó y decidí probarlo para ver si así conseguía reducir el estrés.
El siguiente sábado, después de desayunar me preparé una bañera con agua bien calentita.
El caso es que la temperatura del agua, las burbujas… cogía montones de espuma y los paseaba por mi cuerpo. Por momentos me parecía que la suavidad de la piel se asemejaba a la de la espuma. Me di cuenta de que en realidad no me estaba aseando, me estaba acariciando. Introduje las dos manos en el agua tibia y casi sin querer bajaron hasta mis pechos. No son grandes Padre, pero tampoco pequeños. Estaban muy firmes, abultados, erectos.
Tropezaron mis dedos con los dos pezones. Y ahí empezó todo Padre. Los rodeé, acaricié, estiré, les clavé un poquito las uñas, apreté… y fue como si comenzaran a cobrar vida propia…
Mis piernas se abrieron solas, yo no las movía, se lo juro Padre. Y acudí a la llamada… Una de mis manos se quedó atendiendo las necesidades de mis pechos y pezones, mientras la otra se deslizó hacia el hueco que mis piernas habían dejado al descubierto. Mis dedos llegaron hasta muy adentro y salieron muy lentamente para seguir frotándome todo el sexo con la palma de la mano. No se imagina Padre el placer que corría por todo mi cuerpo.
Ven hija mía, acércate… y que pasó después.
Cuando acabé me entró un sentimiento de culpa tremendo…
Ven que te limpie esa lagrimita que amenaza en resbalar por tu mejilla. Tranquila hija mía, acércate un poquito más y sigue contándome…
Compartí todo con mis amigas, el placer… mis dudas… y sobre todo mi sentimiento de culpa. Me recomendaron para la próxima bañera el último modelo de juguetes eróticos. Unas opinaban que lo mejor para empezar sería el clásico vibrador de látex y otras que el famoso Satisfayer.
Opté por comprar los dos.
Llegó por fin el sábado Padre y comencé con el ritual: Un buen desayuno… el agua a la temperatura adecuada… un buen manto de espuma… y esta vez añadí perfume y velas distribuidas por toda la estancia… y allí que me metí.
Empecé por consolidar lo que ya había experimentado en el baño anterior… suaves caricias en mis receptivos pechos, excitantes pellizcos en los firmes pezones, apertura de piernas… y… bueno ya sabe Padre…
Me detenía, descansaba unos instantes y lo volvía a colocar en mi clítoris para que lo succionara suavemente. Padre el Satisfayer me pareció lo más delicioso que se había acercado nunca a mi entrepierna. Faltando poco para llegar al éxtasis, volví a parar un instante y a continuar, esta vez sin ayuda mecánica. Padre, cada vez que continuaba no partía de cero, se acumulaba a la excitación anterior. Era como superponer una capa de placer sobre otra. Así una y otra vez. En una de esas, ya con muchas capas en el cuerpo me pareció buena idea retozar con los dos juguetes al mismo tiempo. La mano izquierda se responsabilizó de que las ondas expansivas del Satisfayer succionasen y estimulasen al máximo mi clítoris y sus infinitas terminaciones nerviosas y la derecha de que el suave y ergonómico juguete encontrase el mejor acomodo en mi interior.
Tenían razón mis amigas Padre, un placer indescriptible brotó desde lo más profundo de mi interior. Explotó la suma de todas las capas de placer al mismo tiempo y de mi cuerpo salieron multitud de ondas expansivas que se transmitieron al agua de la bañera y de esta a la espuma.
Padre, Inmediatamente después de tener placer me siento fatal. Un terrible sentimiento de culpa me invade y hace que me sienta sucia y obscena. De un plumazo desaparece la felicidad que he vivido solo unos instantes antes. Acabo muy deprimida Padre.
Tranquila hija, ¿Tienes otros pensamientos impuros que deseas que el Señor te perdone?
Si Padre, tengo más pensamientos sucios, no los puedo retirar de mi cabeza. Cuando me acuesto me pongo a pensar en fantasías impuras. Me excitan tanto que mis dedos siempre acaban buscando ese picorcillo que se apodera de mi entrepierna.
Cuando te ocurre, hija mía?
Cada vez que vengo a misa y le veo a Vd. en el altar. Luego por la noche… cuando me acuesto… no puedo evitarlo.
Eso es grave y tú lo sabes bien.
Pero no te preocupes, ven hija mía, acércate. Busca consuelo cerca del Señor… así, así.
Acércate más y me hablas… que el Señor no quiere ver triste esa preciosa mejilla.
El Señor sabrá perdonarte. Cuéntale… cuéntale al Señor… ¿Y cuál es ese pensamiento impuro que tanto te incita, dime? Pues verá Padre, me humedezco mucho cuando imagino que vengo aquí a confesarme con usted, me coge las manos según le voy contando mis pecados, me acaricia el pelo y la cara, va bajando suavemente su mano por mi cuello y escote hasta llegar a desabrochar los botones de mi blusa. Y una vez abierta, busca suavemente mis pezones entre mi sujetador de encaje, hasta que consigue acariciármelos y apretarlos un poquito entre sus dedos.
Ven hija, acércate para que el Señor pueda hacer realidad tus deseos.
Acércate un poquito más y abre las piernas para que con mi otra mano pueda calmarte ese picorcillo. Así hija mía, muy bien. Tienes un cuello y unos pechos preciosos. Mmmmm… Es verdad, estás muy húmeda.
Siiiiiii… Padre, está ocurriendo exactamente lo que fantaseo… hummmmm Padre… asiiii, asiiii Padre.
Y la humedad aumenta, cuando imagino, que es lo que le gustaría a usted Padre. Y entonces mi mano se desliza entre la rendija de la puerta del confesionario para perderse en el interior de su sotana y encontrar la cremallera. La abro muy despacito y enseguida la encuentro.
Hinchada… muy hinchada… grandeee… muy grande… es en ese momento Padre cuando la humedad se convierte en arroyo que se desliza suavemente entre mis recovecos.
El Señor perdonará tu pecado si muestras arrepentimiento, hija mía
Cuando me quiero arrepentir, enseguida me viene el pensamiento de que además de Padre, también es un hombre joven y atractivo y que su verga muy hinchada dentro de mi mano crece y crece según me va escuchando confesarme. Como ahora mismo, que siento cada una de sus venas y el calor que desprende. Y a través de la celosía le oigo respirar con fuerza y enseguida jadear. Y así en vez de arrepentirme Padre lo que de verdad deseo es seguir… y seguir.
Si no paras yo también tendré que confesarme, hija mía.
Cuando sueño… como ahora… que su otra mano se cuela debajo de mi falda y encuentra mi botón. Es entonces cuando mi humedal se desborda hasta empapar toda su mano y todo mi cuerpo se electriza.
Sigue contándome hija mía, el Señor y yo te escuchamos.
No sé Padre, me excita tantoooo… pero a la vez me da tanta vergüenzaaaa…
No te preocupes, para eso estoy, para en nombre del Señor ayudarte a reconocer tus faltas, para ayudarte a arrepentirte de ellas y para absolverte de tus pecados hija mía. Sigue contándome, no temas.
Padre, cuando estoy acostada me estoy imaginando justo lo que ahora está pasando. Que su polla casi no me cabe en la mano de lo hinchada que está y que le subo y le bajo la piel al ritmo que veo que más le gusta y que Vd. ha conseguido meter dos dedos entre mi lencería íntima, uno bordeando con suavidad mi botoncito y el otro introduciéndose hasta dentro, despacito pero con firmeza. Y los dos mirándonos fijamente a los ojos a través de las rendijas de la celosía, viendo y disfrutando del placer que le damos al otro. Y es en este momento, en la cama, cuando imagino que mi mano se cubre de su leche y la suya se empapa de la ardiente lava que surge de mi sexo.
Y es tal el gusto que me da, que me quedo dormida, así.
Con mi mano mojada y metida entre mi sexo. Luego cuando me despierto es cuando me siento culpable y necesito venir a confesarme.
Yo te absuelvo en nombre del Señor hija mía. Reza un Padre nuestro y dos aves María. Si no lo puedes evitar es mejor que no sufras, que disfrutes en la cama con tus pensamientos y luego te vengas a confesar.
Ave María purísima. Sin pecado concebido Padre, así lo haré.
Zzzzzzmmmmmm…
El zumbido del despertador sonó justo en ese momento. Tenía el pijama totalmente empapado. Tres al menos debían de haber sido las eyaculaciones nocturnas responsables.
Tenía que darse prisa en ducharse y desayunar si quería llegar a tiempo a oficiar la misa de ocho y no hacer esperar a los feligreses más madrugadores.

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