Conexión vertical

Recuerdo el momento exacto en que descubrí a Francesco, un apuesto muchacho de veinticinco años con rasgo árabes a quien crucé en Cancún el año posterior al atentado de las Torres Gemelas. Le observaba bailar salsa con diversas turistas; era el centro de atención de la pista y parecía como si hiciese el amor con cada una de ellas en posición vertical. Fue el único hombre en mi existencia con quien sentí que estábamos unidos más allá de la envoltura física, simplemente al ritmo de la música.
Mi nombre es Rita. Pasaba unas vacaciones junto a mi padre y hermano celebrando mi cuarenta cumpleaños en un resort de lujo. Nací en Rusia, aunque resido en Estados Unidos, donde me casé, me divorcié y he logrado alcanzar el sueño americano con bastante esfuerzo, trabajando como programadora dentro de una multinacional.
El joven no me ofrecía pista aunque yo me moría de ganas, hasta que por fin se acercó, cruzó su mirada con la mía y me invitó extendiendo su palma.
La piel se me erizó al instante del contacto. Parecía como si le tratara de otras vidas; sus pupilas castañas y su dulce sonrisa me transmitían tranquilidad mezclada con deseos de intimidar más a fondo.
Estuvimos bailando varias piezas. En un momento, cuando nuestros pechos se aproximaron, sentí una vibración energética que atravesó desde mi cabeza hasta el corazón.
Le pregunté: «¿Has sentido eso?». Él contestó: «YES». Fue la prueba irrefutable de que había sido un vínculo especial que percibimos a la vez, como si ambas anatomías fuesen una sola.
Nos besamos lentamente y abandonamos la pista para beber algo. Ya en la barra, un individuo alto y fuerte con unas copas de más se nos aproximó. Dirigiéndose a mí, soltó: «Ahora es mi turno», como si me tratara de una prostituta. Sentí enfado y a la vez temor por una posible disputa. Mi acompañante se quedó observando fijamente los ojos del ebrio sin pronunciar palabra; el infeliz dio la vuelta y dejó de molestarnos. Me invitó a su habitación en lugar de la copa; el recorrido por los jardines, bajo una luna llena de halo mágico mientras nos deteníamos a acariciarnos, resultó un preámbulo excitante.
Al llegar a la cama, me desnudó despacio. Notaba la inexperiencia de su juventud y también su brillo, que era el de un niño con un juguete nuevo reflejando mi cara. Al oído le susurré que era alguien excepcional.
Se colocó torpemente el preservativo en su erecto miembro viril. Me sorprendió su tamaño y la premura con la que me penetró sin dar espacio a lubricar suficiente; sin embargo, el escozor me estimuló, convirtiéndose en un dolor placentero. Quedé fascinada por su faz, hipnotizada por su forma de contemplarme. Poco a poco la estancia empezó a oler a goma quemada y enseguida se corrió de forma precoz, desplomándose encima de mí. Me buscó los labios y progresivamente le fui indicando que acariciara los pezones erguidos, chupándolos como si me estuviese amamantando. Con mis manos fui dirigiendo su cabeza hasta el valle donde aún permanecía encendido el fuego inicial, diciéndole: «Ahora tendrás que apagar lo que has provocado». Noté cómo su húmeda lengua recorría cada pliegue de los pétalos de mi orquídea tras mi orgasmo, dejando manar toda el agua acumulada en mi sexo, mojándole el rostro y la cama mientras yo gemía y gritaba sin cesar: «YES, YES, YES…».
Hoy, tras cumplir 65 años, vino a mi memoria Francesco —como solía decir mi abuela— mientras cenaba con amigas recordando vivencias que nos hicieron sentir plenamente vivas y nos demostraron la certeza de que la afinidad profunda entre personas siempre es posible. Si te ha gustado el principio de este relato y deseas descubrir cómo continuó, vota por CONEXIÓN VERTICAL.

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