Eclipse de amor

El cielo sobre Los Berrocales del Jarama parecía contener la respiración.
Él había llegado temprano, cargando un telescopio y una mochila. Ella ya estaba allí, apartada del resto de curiosos, mirando hacia arriba con unas gafas entre las manos.
—¿También vienes a buscar respuestas? —preguntó él.
Ella sonrió.
—No. Hoy me conformo con hacer preguntas.
Él colocó el telescopio y le indicó dónde mirar. Sus hombros se rozaron por primera vez. Fue apenas un instante, pero ambos lo notaron.
—Es increíble —dijo ella—. Pensar que estamos viendo algo que sucede a millones de kilómetros.
—Y, sin embargo, estamos aquí. Los dos. En el mismo lugar, a la misma hora.
Ella lo miró.
—¿Crees en esas casualidades?
—Creo que algunas casualidades tienen demasiada precisión para ser casualidades.
El cielo comenzó a oscurecerse. La luz cambió y el paisaje adquirió un tono extraño, casi irreal. El viento parecía haberse detenido.
Hablaron deprisa, como si supieran que el tiempo se estaba acabando.
Hablaron del universo, de planetas, de estrellas que quizá ya habían muerto cuando su luz todavía llegaba hasta nosotros. Hablaron de energías, de esas personas que aparecen en nuestra vida y parecen conocidas desde el primer minuto.
—Yo creo que las personas también tienen órbitas —dijo ella.
—¿Órbitas?
—Sí. A veces pasamos años girando alrededor de alguien sin llegar a encontrarnos. Y de repente…
—¿De repente?
—Coincidimos.
Él dejó de mirar el telescopio.
—¿Y crees en el amor?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Creo que el amor debería sentirse como esto.
—¿Como un eclipse?
—Como algo que consigue apagarlo todo durante unos minutos.
El último fragmento de luz desapareció.
El mundo quedó sumido en una oscuridad perfecta.
Entonces apareció el anillo.
Una corona brillante rodeando la Luna, inmensa y delicada al mismo tiempo. Los dos levantaron la mirada, pero apenas unos segundos después se miraron entre sí.
No dijeron nada.
Él se acercó lentamente. Ella no retrocedió. Sus rostros quedaron a escasos centímetros.
—Creo que este es el momento —susurró él.
—Yo también.
Y justo cuando el eclipse alcanzó el cien por cien, sus labios se encontraron.
Fue un beso lento, cálido, inesperado. No hubo prisa. Durante unos segundos desaparecieron el cielo, el telescopio, el campo y todo lo demás. Solo existían ellos y aquella corona de luz suspendida sobre sus cabezas.
Cuando se separaron, ella no apartó las manos de su pecho.
—Ahora sí tengo una respuesta.
—¿A qué pregunta?
Ella sonrió y acercó los labios a su oído.
—A la de por qué algunas personas aparecen exactamente cuando tienen que aparecer.
Él la rodeó suavemente por la cintura. Ella levantó la mirada y volvió a besarlo, esta vez con más deseo, dejando que el silencio dijera lo que ninguno se atrevía todavía a pronunciar.
Cuando se separaron, sus frentes quedaron juntas.
—La luz está volviendo —murmuró él.
—Entonces tendremos que aprovechar la oscuridad mientras dure.
Y volvieron a besarse, lentamente, mientras el resplandor comenzaba a dibujar sus siluetas sobre Los Berrocales del Jarama.

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