Una de las máximas del deseo dice que los hombres buscan a una mujer a la que le guste mucho el sexo… hasta que la encuentran. Esta fue mi historia y, como es un relato real, no daré nombres: ella será **Ella** y yo seré **Yo**.

Ella, 45 años. Casada. Madre de dos hijas a tiempo casi completo. Padres mayores que también requerían su tiempo. Un marido ausente aun cuando estaba presente. Trabajo, casa, comidas… En eso se reducía su vida. Hacía tiempo que había renunciado a los placeres de la carne. Algún sábado, si no había fútbol, su marido se ponía encima de ella, la penetraba y, después de unos minutos, se retiraba. Ella había cogido unos kilos de más, se miraba al espejo y no le gustaba lo que veía. Ya no se sentía sexi. Pensaba que a su marido ya no le atraía, que ya no gustaba a nadie, y con esa resignación fueron pasando los días, los meses y los años. Ella era una mujer de su casa: su marido, sus hijas, su trabajo. Había renunciado al sexo por placer. Incluso me confesó una vez que le habría propuesto a su marido estar con otra si Ella ya no lo excitaba.

Yo, 50 años, soltero, sin hijos. De mente abierta y bastantes experiencias, tanto de la vida misma como sexuales. Siempre me ha apasionado el sexo en toda su extensión. No concibo un simple «mete y saca». No me atraen especialmente las modelos de cuerpos perfectos; me atraen las mentes, y mucho más si son curiosas. Una sonrisa amable y sincera me parece más bonita y excitante que un par de tetas operadas. Nunca he presumido de un pene exagerado, más bien al contrario. Esto último me llevó a buscar el placer en la mujer de otras formas: explorar sus cuerpos, acariciar cada rincón sin dejar de observarlas para ver lo que cada movimiento producía en ellas. Esforzarme más en su placer que en el mío propio, ya que eso es un placer en sí mismo. He sido capaz de amar a una mujer en una sola noche como si llevara con ella toda la vida, despedirme al día siguiente y que no quedara nada más que el recuerdo.

Las vueltas de la vida permitieron que Ella y yo nos conociéramos. Uno de mis trabajos consiste en dar clases particulares sobre mi oficio a trabajadores, y fue de esta manera como coincidimos. Antes de la clase, fuimos hablando de cosas triviales: de su vida, sus hijas, su marido, sus padres… La atracción física estaba haciendo de las suyas. Rubia, ojos azules, *curvy* como dicen ahora, con unas tetas que parecían enormes tras su escote y una sonrisa de esas que tanto me gustan. *«90 kilos de mujer preciosa»*, pensé. Y un idiota que no apreciaba ni valoraba lo que tenía entre manos nos separaba.

Las conversaciones se adentraban poco a poco en lo personal hasta que salió el tema sexual. Me confesó que llevaba años sin tener relaciones con su marido y que se iba a separar. No solo por el sexo; también porque en todo lo demás era igual: un ser inerte con el que dormía y al que lavaba los calzoncillos. La jugada estaba servida. Ninguno de los dos iba a tener remordimientos si algo pasaba entre nosotros. Y así fue.

Aquella primera vez quedamos en una cafetería. Ese día no iba con la ropa de trabajo con la que la había visto las veces anteriores. Pese a tener un cuerpo grande, estaba preciosa. Llevaba un vestido estampado verde con un escote que quitaba el hipo, el pelo suelto y rizado, y una mirada que mezclaba la picardía con la timidez, además del miedo y el deseo de lo prohibido. El café fue rápido; teníamos más ganas de cama que de bar.

En la habitación ella se fue al baño y yo la esperé quitándome la ropa. Cuando salió, desnuda del todo… ¡madre mía! No sobraban kilos por ningún lado, estaba buenísima y se lo hice saber. Nos empezamos a besar ahí mismo, de pie. Mis manos se perdieron en sus pechos y poco a poco fueron bajando hasta su sexo. Estaba depilada y mojada, tremendamente mojada. Fuimos hasta la cama besándonos y sobandonos con las prisas de dos novios nuevos. Se tumbó y empecé a besarla: cuello, cara, pechos, boca, brazos, pechos, cuello… Fui bajando poco a poco hasta llegar a su sexo. Sus manos y brazos estaban tensos, se le notaban los nervios. Me cogió de la cabeza, me subió hasta su boca y en un susurro me dijo:

—No hace falta que hagas eso.

*«Pues claro que no hace falta»*, pensé yo, pero no se trataba de si hacía falta o no: yo deseaba hacerlo. A ella esa situación la incomodaba; era como hacer algo prohibido, algo guarro que, en todo caso, tendría que hacer ella, pero no al revés. En vista de sus temores, no quise insistir. Fui poco a poco, acariciando el alrededor de su sexo con los dedos muy suavemente, sin presionar, sin llegar a tocar su clítoris. Solo alrededor. Mientras, mi lengua se encargaba de mantener la suya ocupada, haciendo que se relajara, que fuera cogiendo confianza. Acaricié todo su cuerpo, unas veces con las manos, otras con la lengua, sin dejar de sonreírle y sin forzar ninguna situación. He de decir que yo estaba disfrutando de Ella, de su cuerpo, de sus pechos y de la humedad que desprendía su sexo, algo que para mí tiene más valor que follarla sin que tuviera ganas.

En una de estas subidas y bajadas de mi lengua por su cuerpo, paré en su sexo. Esta vez sí, despacito pero directo. Mi lengua acarició suavemente su clítoris, muy despacio, como si pudiera romperse si apretaba. Sus dedos, entrelazados con los míos, se fueron soltando. Se estaba relajando, estaba disfrutando. Soltó sus manos de las mías y se las llevó a los pechos: se estaba tocando mientras yo me la comía. Verla disfrutar así me encendió, y mi boca empezó a subir de nuevo por su cuerpo hasta que nuestros sexos se encontraron. Follamos. Follamos como locos, como perros rabiosos. Yo disfrutando de su cuerpo y Ella quitándose las ganas después de tanto tiempo.

Al final de la noche me confesó que hacía muchos años que no le comían el coño y que, cuando se lo habían hecho, habían sido solo un par de pasadas, dándole la sensación más de asco que de placer. *«Esta mujer no sabe lo que se está perdiendo»*, pensé. Había que enseñarla a disfrutar de su sexo, a no tener miedo a explorar y, sobre todo, a no avergonzarse de su cuerpo.

En la siguiente cita yo tenía un objetivo claro. Empezamos como la vez anterior: entre juegos, caricias, besos… Esta vez me tumbé, ella se sentó encima de mí y empezó a cabalgar. Era impresionante ver esas dos tetazas rebotar sobre mi cara. Mientras cabalgaba, noté que sus manos se acercaban a su sexo, pero no llegaba a tocarse. Era evidente que quería estimularse el clítoris mientras la penetraba, pero podía ver la vergüenza en su cara y no se atrevía. La cogí de las piernas y la arrastré hasta mi cara. Puse su sexo en mi boca y empecé a lamerla. Ella, sentada sobre mi cara, sentía que me aplastaba; apenas aguantó un poquito y me pidió que la penetrara. No era capaz de relajarse; siempre había algo que la avergonzaba.

En esa segunda ocasión le pregunté si había experimentado alguna vez un *squirting*.

—¿Qué es eso? —me preguntó. Estaba claro que no lo había experimentado.

Tal y como estábamos tumbados el uno frente al otro, empecé a tocarla suavemente. Poco a poco mis dedos empezaron a penetrarla y a subir la intensidad. Ella era una tabla: rígida. Aguanté un buen rato con esos movimientos porque, a pesar de su rigidez, su sexo escapaba a su control y Yo notaba que quería más.

—¡Para! Creo que me voy a orinar si sigues —me dijo.
—No, tranquila. Déjate llevar, porque no es orina. No te preocupes si manchas las sábanas, es solo agua.

Mis dedos comenzaron su vaivén dentro de ella, que cada vez estaba más mojada. Mi lengua por momentos le acariciaba el clítoris, pero eran los dedos los que mandaban. De pronto se puso tensa y temblorosa, y de su sexo salió un milagro hecho de agua. Había tenido su primer *squirting*. Me pidió que la follara, pero no le hice caso: era su estrategia para no sentir, para que dejara de buscar sus lados ocultos. En lugar de eso, me tumbé de nuevo boca arriba y le pedí que se sentara otra vez sobre mi boca y que esta vez fuera ella la que me follara.

Estaba excitada, muy excitada. Se sentó sobre mi cara y mi lengua la esperaba. Entre la excitación y la vergüenza empezó a moverse levemente, frotándose contra mi boca como el mar hace con las olas. La agarré del trasero y la empujé más fuerte hacia mí. Yo también quería sentir su sexo contra mi cara, no solo era por ella; necesitaba que aquella mujer se soltara y me usara. Poco a poco fue subiendo el ritmo hasta que, finalmente, sus manos agarraron mi cabeza y cabalgó sobre mi cara hasta correrse.

Acababa de despertar a la bestia.

A partir de ese día los encuentros fueron cada vez más seguidos, más intensos y, por qué no decirlo, hasta más cerdos. Follábamos nada más vernos, no podíamos evitarlo. Empezamos a explorar con nuestros cuerpos. Cada día pedía más y yo estaba encantado. Empezamos a tener fantasías con otras personas y a explorar el BDSM. Ella se convirtió en mi sumisa y Yo era su Amo. Cuerdas, pinzas, fusta, dilatadores anales… todo nos gustaba y todo lo disfrutábamos.

Yo ya tenía alguna experiencia en el BDSM y conocía a otra chica a la que llamaremos **La Otra**, a la que le gustaba dominar. Ella no había estado nunca con una mujer, pero en nuestras fantasías siempre aparecía alguna. Una tarde, La Otra y yo organizamos una sesión con Ella. No se conocían, jamás se habían visto. Ella estaba deseando comerse el sexo de una mujer; La Otra, una rubia de pelo corto con unos ojos preciosos y mucha experiencia con sumisos, estaba también deseando dominar a una mujer tan bonita como Ella.

Cuando La Otra llegó al hotel donde habíamos quedado, Ella ya estaba preparada como La Otra había ordenado: desnuda, con un camisón transparente blanco. Sus ojos se clavaron los unos en los otros cuando se vieron. Yo estaba excitadísimo contemplando la situación y a las dos mujeres que tenía enfrente.

—Mira el regalo que te he traído —le dije a La Otra.
—Está muy buena tu puta —me contestó, a la vez que daba una fuerte palmada en el culo de Ella, que suspiró.

La Otra metió la mano en el sexo de Ella y sacó los dedos empapados.

—Está ya cachonda la muy cerda —me dijo riéndose—. ¿Has traído las pinzas que te ordené?

Le fue poniendo pinzas a Ella por los pechos, por los brazos y finalmente le puso una en el coño.

—¿Esto es lo que quieres probar? —le dijo a Ella señalando su propio coño. Ella asintió con la cabeza—. Pues te lo vas a tener que ganar.

Se puso frente a mí y empezó a besarme en la boca bajo la atenta mirada de Ella. Sacó mi pene ya erecto y empezó a masturbarme. Agarró a Ella del pelo y la puso de rodillas ante mí, empujando su cabeza hacia mi pene y obligándola a meterselo entero en la boca, mientras La Otra me morreaba descarada y exageradamente. La Otra se agachó también y empezó a comerle la boca a Ella. Ahora se turnaban para introducirse mi pene en la boca. Luego La Otra se tumbó en la cama, se abrió de piernas y llamó a Ella:

—Ven aquí, zorra, me vas a comer el coño.

Ella lo hizo. ¡Vaya si lo hizo! Era su primera vez, pero parecía una experta. La Otra se retorcía en la cama mientras Ella no paraba de darle placer con la lengua, levantando los ojos azules de vez en cuando para mirarla. En esa postura no pude aguantar y, mientras Ella lamía el coño de La Otra, yo penetraba el culo de Ella. ¡Qué placer, joder!

La noche acabó entre posturas, azotes, morreos y corridas de los tres. Hasta La Otra, que iba de Ama dominante, terminó cediendo a los encantos de Ella y acabó comiéndoselo. Seguramente ese fue el mejor trío de mi vida.

A esta sesión le siguieron otras, pero ya solo entre Ella y Yo. Quedábamos en hoteles donde Ella me esperaba con la ropa y en la posición que yo le ordenase. Follábamos y me despedía de ella sin decir nada. Luego podíamos hablar durante los días que no nos veíamos de cualquier cosa, pero el día de la sesión no se hablaba: éramos Amo y Sumisa. Yo ordenaba y Ella obedecía. Ella estaba viviendo todo el sexo que no había tenido en diez años de golpe. Cada locura mía, cada fantasía, cada encuentro inesperado lo vivía con intensidad.

Una sorpresa que le preparé fue llevarla a un spa *swinger* (*Divernis* se llama el local). Esta vez Ella se iba a mostrar desnuda en público: su mayor miedo. Aunque se había soltado sexualmente conmigo y con La Otra, verse desnuda delante de otros hombres la avergonzaba. Quise que viviera la experiencia en un lugar tranquilo y seguro, por eso la llevé allí. Todo el mundo iba desnudo, así que nos acostumbramos pronto. En una de las piscinas, algunas parejas se tocaban; algunos chicos solos rondaban alrededor mirando y tratando de acercarse a ver si pillaban algo. Ella estaba nerviosa, pero la curiosidad la ponía cachonda y se le notaba. Un chico se nos acercó. Le susurré a Ella que no pasaba nada, que todo estaba bien y que no iba a pasar nada que ella no quisiera. Tras notar nuestro consentimiento, el chico bajo el agua empezó a tocar el sexo de Ella. Ella, en medio de los dos, nos cogió a ambos de los penes y así estuvimos un rato los tres en el agua.

No quisimos llegar a más y Ella y yo nos fuimos a la sala de masajes. Con mucho aceite empecé a masajear sus pechos. Ella estaba tumbada en la camilla y sus pies apuntaban hacia la puerta. Yo estaba detrás de ella, frente a la puerta que dejamos abierta. Poco a poco empezaron a llegar mirones. Se juntaron ocho o diez hombres frente a nosotros mirando cómo yo masajeaba las enormes tetas de Ella. Le susurré al oído que abriera las piernas y se masturbara delante de ellos. Primero lo hizo sin mirarles, levemente; pero a medida que se iba poniendo cachonda empezó a levantar la cabeza, que finalmente apoyó sobre mi pecho, y mirándolos a todos empezó a masturbarse con ganas hasta que se corrió. Otra vergüenza menos. Ya había sacado la puta que llevaba dentro y creo que si en ese momento le digo de follar con todos, lo habría hecho. Pero no lo hice y fui yo el afortunado.

Pasaron los días y en mi mente quedó aquella imagen de ella mirando a todos esos tíos mientras se tocaba. Sería justo por mi parte devolverle aquel favor y cumplir sus fantasías además de las mías.

Quedamos de nuevo en el hotel; esta vez, un hotel de cinco estrellas: quería impresionarla. Esta vez no sería Ella la que me esperara a mí dispuesta como yo quisiera; la esperé yo. Una botella de cava, un ramo de rosas y unos bombones. Cuando entró, la desnudé con suavidad. Le di mil besos. La llevé hasta el baño y allí, desnuda, la bañé. Pasé por todo su cuerpo la esponja llena de espuma, no dejé ningún rincón de su cuerpo sin limpiar y sin besar. Salió de la bañera y muy suavemente séqué su cuerpo.

Sobre la cama había una sábana de seda roja y un antifaz de esos que no dejan ver nada. La tumbé en la cama y le puse el antifaz. Mis manos y mi boca besaban y tocaban su cuerpo a partes iguales. Le susurraba cosas al oído. Ella estaba feliz. Esta vez habíamos pasado del morbo al romanticismo y le estaba gustando. De pronto paré, me levanté y al cabo de unos segundos volví a la cama. Ella me esperaba relajada, sonriente y, como siempre, cachonda, muy cachonda. Me coloqué detrás de ella y le eché aceite en los pechos. Empecé a tocárselos. Ella sintió cómo mi mano empezó también a tocarle el sexo.

Al momento su cara cambió: si mis manos estaban en sus pechos… ¿quién le estaba tocando el sexo?

—Chisss, relájate —le susurré al oído—, es tu momento.

Ella pensó que sería La Otra, con la que ya habíamos repetido alguna vez, y se relajó. Pero esas manos que la tocaban no eran de una mujer: podía sentir la rudeza de sus dedos. Además, sentía movimientos alrededor de ella. No sabía qué estaba pasando, pero sabía que yo no estaba solo. Poco a poco otras manos fueron tocando su cuerpo. Sobre los labios sintió algo que los acariciaba: era un pene, y no era el mío. Lo cogió con la mano y empezó a masturbarlo. Sobre la otra mano se posó algo duro… ¡otro pene! *«Estamos dos hombres y yo»*, pensó.

Quiso quitarse la venda que llevaba en los ojos, pero no la dejé.

—Relájate y disfruta.

Ahora tenía un pene en cada mano, una lengua en el coño y mis manos en sus pechos: si la cuenta no fallaba, eran cuatro hombres. En esa cuenta estaba cuando otro pene se posó sobre su boca. ¿Cinco? Empezó a lamerlo mientras masturbaba a los otros y el otro seguía comiéndola. Yo seguía detrás, besándola y acariciándola, acompañándola para que no tuviera miedo y se sintiera segura.

Poco a poco se iba poniendo más y más cachonda. La idea la excitaba, pero quería verlo. Se quitó la venda y al final pudo verlo: seis pollas alrededor de ella, doce manos tocándola, sobándola. Unos le lamían las tetas, otros el coño, y ella quería sentir todas las pollas en su cuerpo a la vez. Eran pollas de todos los tamaños: largas, cortas, gordas, delgadas… Uno de ellos se puso un preservativo, los otros le siguieron. Una a una se la fueron follando en todas las posturas posibles, mientras mis manos seguían tocando y acariciando sus pechos y mi boca le susurraba que disfrutara. Me excitaba tanto a mí verla follar como a Ella.

Finalmente, los seis se fueron corriendo uno tras otro: en su cara, en sus pechos, en sus muslos… Cuando todos hubieron acabado, se marcharon.

Ella estaba reventada. Se había corrido muchas veces, había tenido varios *squirting* y había sacado de dentro a la mayor de las putas. Se había soltado del todo. Sintió una libertad enorme. Había vencido a su marido, a sus hijas, a sus padres. Ahora estábamos solos Ella y Yo.

La llevé de nuevo a la bañera. La limpié con especial esmero. La sequé. Quité las sábanas de la cama y puse unas nuevas. Me tumbé sobre Ella y le dije: «Te quiero».

Aquella noche hicimos el amor por primera vez.

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