Me desperté de repente y enseguida supe por qué: me hacía pis. Era muy temprano, las cinco —por el culo te la hinco— de la mañana, y aún faltaban tres horas para que llegara Nacho, a quien aquella noche le había tocado trabajar.
Mientras me limpiaba con el papel higiénico, noté que mi sexo estaba superlubricado. Cuando volví a la cama, en lugar de dormirme de nuevo, abrí el canapé y escogí el Satisfyer, el pene marrón de silicona moldeable con ventosa y la ristra, también de silicona, de bolitas anales de color rosa fosforito.
Sonreí porque sabía lo bien que me lo iba a pasar. Lo tenía más que ensayado. Jajajajajaja.
Saqué de la mesita de noche un lubricante de caramelo y encendí la lamparita. La habitación quedó iluminada por una luz tenue. Me tumbé boca arriba, con la espalda recostada sobre un cojín enorme que me permitiría observar todo lo que sucediera ahí abajo.
Lubriqué mis pezones, los estiré y pellizqué mientras desprendían olor y sabor a azúcar tostado. También masajeaba mi clítoris y lo relamía con el dedo corazón de la mano derecha, mientras introducía por mi ano —culo, en castellano— las bolitas rosas, una a una y de menor a mayor, hasta que únicamente quedó fuera la anilla de la que tiraría al final.
Al mismo tiempo, con la mano izquierda, colocaba la parte succionadora de mi primer Satisfyer sobre el clítoris y aumentaba la velocidad del nivel uno al dos, alternando los ritmos. Es el mismo que tienen muchas de las mujeres a las que amo, porque se lo he regalado. Siempre me aseguro de que esté bien cargado para que nunca me falle. Jijijijijiji.
Fijé la ventosa del pene en el talón de mi pie derecho y mantuve la rodilla flexionada. Deslizaba la pierna hacia arriba y hacia abajo, introduciendo cada vez más el «falo», que se curvaba y se adaptaba a la cavidad de mi vagina. Poco a poco fue adquiriendo el calor que generaba mi chocho, que ardía por dentro.
Jugaba con las velocidades, aunque como mucho subía hasta el nivel tres para no correrme demasiado pronto. Tiraba ligeramente de la anilla y volvía a introducir las bolas, mientras los testículos del pene rozaban mi piel y golpeaban cerca del culo. Eso significaba que, completamente curvado, estaba entero dentro de mí.
Visualmente era todo un espectáculo que me excitaba cada vez más. Gemía, chillaba y repetía monosílabos como «¡SÍ!», mientras dejaba volar la imaginación.
Al cerrar los ojos, sentía que había alguien penetrándome por delante, otra persona por detrás y una tercera comiéndomelo al ritmo que YO les marcaba en todo momento.
Llegué al éxtasis final. Tiré de la anilla mientras el punto G se contraía y multiorgasmeaba. La punta del pene tocaba la pared del fondo y terminé soltando TODOS los aparatos, con el corazón bombeando a mil por mil y un gritoooooooooooooooooooooooooooooooo que me dejó jadeando y sin fuerzas ni siquiera para taparme con la sábana.
Lo siguiente que consiguió despertarme fue un olor a limpio, a algodón. Volví a la realidad y supe que eran las ocho —apuesto por la rima— y que Nacho ya se había duchado.
Ante el panorama que encontró encima de la cama, introdujo su lengua entre mis labios. Levantó mis piernas y descendió hasta los inferiores para lamer mi sexo, rico y cubierto de flujo. A la vez, introdujo ligeramente los dedos índice y corazón de su mano izquierda, que se notaban fresquitos.
Después bajó y flexionó mi pierna izquierda. Con los dedos de la mano derecha estiró el clítoris y presionó con la punta de la lengua, dando justo en la diana y provocando que gritara su nombre hasta que la «o» desapareció:
—¡NACHooooooooooooooooooooooooooooooo!
Entre convulsiones, me penetró con fuerza. Su miembro estaba a punto de explotar y el capuchón se había vuelto morado, como si fueran a estrangularlo. Consiguió provocarme una fuente y hacerme llorar de placer.
Exhausta, me volteó y me puso a cuatro. Volví a correrme, esta vez junto a él, mientras su leche quedaba esparcida por mis piernas, mi culo y mi espalda.
¡BUAH!
Entonces sí, me arropé y me acurruqué a su lado, mientras planeaba la próxima apertura del canapé. La siguiente vez podría escoger, por ejemplo, el dildo de cristal, el lubricante de chicle y las pinzas para los pezones.
Mis dedos serían los encargados de estimularme el clítoris hasta alcanzar la velocidad necesaria para provocar un nuevo orgasmo que me hiciera curvar de placer y felicidad.
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