La noche del cambio

Aquella noche lo cambió todo.
Mi nombre es Tamara. Mi vida sexual ha pasado por altibajos. Tuve una
época de descubrimiento sexual: BDSM, tríos MMH, etc., pero la vida nos llevó, tanto a mí como a mi pareja, a una rutina sexual que duró años. Hasta aquella noche.
Mi pareja, Urko, siempre ha sido más aventurero que yo en el aspecto
sexual. Siempre me ha hecho conocer mis límites, e incluso superarlos,
pero también cayó en la monotonía de un sexo pasional, pero escaso,
rutinario y monogámico.
Lo asumimos con resignación, y lo achacábamos al agotamiento laboral, el estrés de los hijos y nos relajamos en nuestra nueva zona de confort. Hasta aquella noche.
Él siempre fantaseaba con verme con otro hombre, en un gloryhole ,dogging en un parking o en cualquier situación similar que surgiera, pero jamás pasó de ahí. Simples fantasías. Hasta aquella noche.
Llegué tarde a casa después de una dura jornada laboral. Me sorprendió no ver a los niños, y Urko me dijo que le apetecía una cena íntima, así que se
los llevó a mis padres. Me acompañó hasta la ducha y se fue a preparar la
mesa con la cena.
Sus ojos eran especialmente pícaros. Le conozco muy bien, y sabía que
algo tramaba.
Después de cenar, me llevó de la mano hasta la cama. Todo muy delicado.
No podía evitar reír como una niña pequeña por los nervios. Me desnudó
lentamente, me tumbó y, con su sonrisa lateral tan sensual que le salía
cuando tenía un buen plan en mente, me enseñó el antifaz que teníamos
guardado en el cajón desde hace demasiado tiempo. Tras ponérmelo, guio mis muñecas y tobillos hasta los amarres guardados casi sempiternamente debajo del colchón, y me inmovilizó. Ya estaba excitada, y debo reconocerlo, algo temerosa porque se de lo que es capaz su imaginación cuando la desata. Le oí salir de la habitación, y tras un par de minutos, escuché como se acercaba. Noté delicadas caricias por la cara, cuello, pechos, cadera, muslos… rodeaba con sus dedos mi entrepierna, haciéndome desear que se enfocara en el clítoris, pero mis súplicas impacientes no recibieron respuesta alguna.
Metió dos dedos en mi boca y, una vez mojados, los pasó por mis pezones.
Volvió a recoger saliva para después, por fin, pasar sus dedos por mi
clítoris, bajado para abrir los labios y jugar sin llegar a meterlos. Le noté
moverse a mi lado mientras jugaba conmigo, y sentí su polla acariciar
levemente mi cara. Deseaba cogerla y meterla en la boca, pero los amarres
hacían bien su trabajo. Abría la boca casi como un pez fuera del agua, hasta que tuve mi recompensa y la metió, lenta pero profundamente. El ritmo se fue acelerando, tanto en mi boca como en mi coño, algo que me acercaba rápidamente al orgasmo, pero sin decir ni una sola palabra, paró.
Me liberó una mano, que moví rápidamente para buscar lo que hasta hace poco estaba dentro de mi boca, y cuando la encontré, noté que no era la polla de Urko. Dentro de la boca no noté la diferencia, pero ahora que
podía palparla, supe de inmediato que no era su grosor, ni su forma, ni su
textura… La persona que me había hecho disfrutar tanto, no había sido mi pareja.
Mi primera reacción fue rechazo, miedo a lo desconocido. Pese a que
confío plenamente en Urko, tengo un sistema de autodefensa más potente
que esa confianza, y se debió de notar en la habitación, ya que hubo
movimientos fuera de la cama y silencio durante unos minutos. Unos
momentos después, alguien se acercó a mi oído para susurrarme: Pequeña
mía, no tengas miedo. Vive esta experiencia que recordarás siempre. Abre tu mente y déjate llevar. Deja que este desconocido te dé placer. Este desconocido que ni conoces, ni conocerás nunca . Confía en mí.
Su tono de voz me calmó, como hace siempre. Tiene ese poder en mí, así
que acepté la situación y retomamos lo que dejamos a medias.
Mi pensamiento estaba única y exclusivamente en lo que disfrutaba al dar placer con la lengua a una polla que no me correspondía, de dejar que me penetrase mientras me apretaba las tetas a un hombre que no me
correspondía, y si siempre me ha excitado lo diferente, o lo casi prohibido, no podía dejar de pensar en Urko viéndolo todo mientras se masturbaba, con esa sonrisa ladeada.
Todo acabó, para ser más concreta, acabó en mis tetas. Yo me corrí varias
veces. Tras unos momentos de sonidos indescifrables, oí cerrarse la puerta de casa. Urko vino a la cama y me quitó los amarres que aun me
inmovilizaban. Me quitó también el antifaz que no me dejó ver nada de lo
que pasó y se quedó mirándome.
No sabemos por qué, pero nos empezamos a reír a carcajadas. Éramos felices.
Me volvió a acompañara hasta la ducha y follamos como hacía mucho que no habíamos hecho.
Aquella noche cambió muchas cosas. Descubrí que la timidez, la rutina o el
desapego sólo son barreras imaginarias que nos limitan la felicidad, sea cual sea la manera de conseguirla.
Desde entonces, jamás nos callamos nuestras ganas de probar algo nuevo,
y juntos, intentamos que nuestras vidas estén cada vez más llenas de
aventuras .