Amsterdam después de media noche

Lola llevaba tres días diciendo que aquellas vacaciones necesitaban una noche diferente.
Pau sabía perfectamente qué significaba aquella frase.
—¿Diferente cómo? —preguntó él mientras cerraba la puerta del apartamento que habían alquilado junto a uno de los canales.
Lola sonrió sin responder.
Había dejado sobre la cama una pequeña bolsa negra que Pau no había visto antes.
—Ábrela.
Él la miró, divertido.
—¿Esto forma parte de la noche diferente?
—Depende de lo valiente que seas.
Dentro había un antifaz, un pequeño vibrador y varios accesorios que Lola había elegido cuidadosamente antes del viaje.
Pau levantó una ceja.
—¿Todo esto ha venido desde España?
—No. Lo compré esta mañana.
—¿En Ámsterdam?
—Quizá.
La sonrisa de Lola hizo que Pau comprendiera que aquella noche ella llevaba las riendas.
Salieron a cenar y caminaron después por las calles iluminadas, entre bicicletas, puentes y reflejos dorados sobre los canales. Lola se acercaba a él cada vez que pasaban junto a otras parejas, le susurraba algo al oído y después continuaba caminando como si nada.
Aquello se convirtió en su pequeño juego.
Una mirada.
Una palabra.
Una mano entrelazada.
Una sonrisa que solo ellos entendían.
Cuando regresaron al apartamento, Lola cerró la puerta y se apoyó contra ella.
—Ahora empieza de verdad el viaje.
Pau se acercó.
—¿Y qué has planeado?
Lola sacó el antifaz de la bolsa.
—Primero, vas a confiar en mí.
Se lo colocó suavemente.
Después encendió una pequeña lámpara y dejó que la habitación quedara casi a oscuras.
Pau sintió sus pasos alrededor de él, escuchó su risa y notó cómo ella jugaba deliberadamente con la incertidumbre. Deslizaba sus manos por su cuerpo cubierto de aceite, besaba partes de su cuerpo que despertaban en Pau un deseo casi animal, continuó con todo su cuerpo, mientras él no sabía qué esperar en cada momento lo que tensaba más la linea de la pasión.
—¿Sabes qué me gusta de nosotros? —susurró Lola.
—¿Qué?
—Que después de tantos años todavía podemos sorprendernos.
La noche avanzó entre besos, caricias y juegos. Lola iba sacando uno a uno los pequeños juguetes que había comprado, convirtiendo la habitación en un territorio secreto donde las reglas las decidían ellos.
No tenían prisa.
Aquello era precisamente lo excitante.
Cada vez que uno de los dos pensaba saber qué iba a ocurrir, el otro cambiaba el juego.
En algún momento, Pau consiguió quitarle el antifaz.
Lola lo miró fijamente.
—Ahora te toca a ti.
—¿Seguro?
Ella sonrió.
—Completamente.
Y durante horas se dedicaron a provocarse, reírse y descubrir hasta dónde podían llevar aquella complicidad que había empezado muchos años atrás.
Fuera, Ámsterdam seguía despierta.
Dentro, ellos habían conseguido olvidarse completamente del mundo.
A la mañana siguiente, Lola abrió las cortinas.
El canal brillaba bajo el sol.
Pau apareció detrás de ella y la abrazó por la cintura.
—¿Repetimos esta noche?
Lola se volvió lentamente.
—Cariño…
—¿Sí?
—Esto son vacaciones. Tenemos una semana entera.
Y la sonrisa de Pau dejó claro que ambos acababan de entender exactamente lo mismo.