TREINTA DÍAS

La primera vez que vi al hombre que acabaría siendo mi marido, llegó con una rosa.
Y yo no estaba buscando absolutamente nada.
Hacía poco que había salido de una relación larga y había decidido que, por una vez, quería pensar únicamente en mí. No quería novio. No quería promesas. Ni siquiera quería que nadie me gustara demasiado.
A él lo había conocido a través de una amiga que teníamos en común, en una red social. Empezamos a hablar y enseguida pensé que era un friki exactamente igual que mi hermano.
Así que quedamos los tres.
Él, mi hermano y yo.
La excusa perfecta para conocernos.
Aunque, cuando apareció con aquella rosa, algo cambió.
Me miró y tuve una sensación extrañamente familiar. Como si ya lo conociera. Como si no necesitara impresionarle ni conseguir que le gustara.
Con él podía ser yo.
Y me encantó su mirada.
Después llegaron las conversaciones interminables, las risas, los mensajes y aquel detalle que todavía recuerdo: después de trabajar, recorría más de una hora en transporte público solamente para verme durante mi descanso.
Yo no me enamoré de golpe.
Fue mucho más peligroso.
Me fui acostumbrando a él.
A su voz.
A sus bromas.
A tenerlo cerca.
Hasta que empecé a echarlo de menos cuando se marchaba.
Y entonces llegaron los besos.
Con los besos llegaron las caricias.
Y con las caricias, los juegos.
Porque él era así.
Un provocador.
Un juguetón.
De esos hombres que pueden conseguir que pierdas la concentración sin siquiera tocarte.
Tenía una costumbre que me volvía loca.
Se mordía lentamente el labio inferior y después me miraba.
Aquella mirada.
Directa.
Penetrante.
Descarada.
Como si pudiera leer exactamente lo que estaba pensando.
Yo intentaba mantener la compostura.
-¿Qué miras?-preguntaba.
-Nada.
Mentía.
Y los dos lo sabíamos.
Volvía a morderse el labio.
Yo apartaba la mirada.
-Eres insoportable.
-¿Yo?
Sonreía con aquella cara de inocente que no engañaba absolutamente a nadie.
Y lo peor era que ni siquiera necesitaba rozarme.
Su mirada bastaba para hacerme sentir un escalofrío.
Me hacía gemir por dentro sin haberme tocado siquiera.
Él lo sabía.
Y disfrutaba sabiéndolo.
Ese era su juego.
Provocarme.
Esperar.
Ver cuánto tardaba en rendirme.
Y yo fingía que podía jugar a lo mismo.
Nunca ganaba.
Pero había algo que me daba miedo.
Deseaba estar con él.
Muchísimo.
Y precisamente por eso tenía miedo.
No quería que aquella química desapareciera después de entregarme completamente. Me aterraba que, una vez cruzáramos esa última frontera, él dejara de mirarme de aquella manera.
Así que propuse treinta días.
Treinta días antes de desnudarnos.
Antes de acostarnos juntos.
Podíamos besarnos.
Podíamos acariciarnos.
Podíamos seguir jugando.
Pero aquello tendría que esperar.
Él aceptó.
Sin protestar.
Sin intentar convencerme.
Y aquello me tranquilizó.
Aunque también convirtió los siguientes treinta días en una auténtica tortura.
Una tarde estábamos sentados juntos.
Su rodilla rozaba la mía.
Ninguno se apartó.
Su mano encontró la mía y sus dedos se entrelazaron lentamente con los míos.
Me miró.
Se mordió el labio.
-No.
Sonrió.
-¿No qué?
-No pongas esa cara.
-¿Qué cara?
-Esa.
-No estoy haciendo nada.
-Precisamente.
Se rio.
Me acerqué para darle un beso.
Solo uno.
Pero él lo prolongó un instante más.
Cuando intenté apartarme, volvió a acercarse.
Otro beso.
Más lento.
Después se detuvo.
-Faltan diecinueve días.
Lo miré, incrédula.
-Te odio.
-No parece.
Y volvió a sonreír.
Los días fueron pasando entre besos robados y caricias que siempre parecían quedarse a medio camino.
A veces nos abrazábamos y ninguno quería ser el primero en separarse.
Otras veces hablábamos demasiado cerca, conscientes de cada respiración.
Y había noches en las que bastaba una mirada para que ambos supiéramos exactamente lo que estábamos pensando.
Una vez, mientras me miraba de aquella manera, le dije:
-Como sigas así, no llegamos al día treinta.
Se acercó a mi oído.
-Yo no he dicho nada.
-No hace falta.
Se apartó lentamente.
-Entonces quizá debería dejar de mirarte.
-Sería una buena idea.
No lo hizo.
Claro que no.
Cuando quedaban pocos días, la espera empezó a sentirse diferente.
Ya no tenía miedo.
Tenía ganas.
Ganas de descubrir qué ocurriría cuando por fin dejáramos de poner límites a aquello que llevábamos semanas conteniendo.
La noche anterior al día treinta, estábamos juntos.
Me miró.
Se mordió el labio.
Y tuve que reírme.
-Otra vez.
-¿Qué?
-Sabes perfectamente lo que haces.
-Quizá.
Se acercó.
Sus labios rozaron los míos.
Después mi cuello.
Cerré los ojos.
Un escalofrío me recorrió entera.
Sus manos me rodearon la cintura y durante unos segundos olvidé completamente el pacto.
Hasta que él se apartó.
-Mañana.
Abrí los ojos.
-¿En serio vas a parar?
Sonrió.
-Mañana.
Y entonces comprendí que aquella espera ya no era una prueba.
Era parte del deseo.
El día treinta llegó.
Y cuando finalmente estuvimos frente a frente, no hizo falta decir nada.
Me miró.
Yo lo miré.
Aquella misma mirada que me había desarmado desde el principio.
Pero esta vez no había miedo detrás de ella.
Solo confianza.
Se acercó lentamente.
Me besó.
Y yo respondí.
Sin prisas.
Sin dudas.
Sin pensar en el después.
Solo sintiendo.
Sus manos encontraron mi cintura y las mías se aferraron a él.
Nos separamos apenas.
Respiramos.
Nos miramos.
Y sonreí.
Porque entonces entendí lo que aquellos treinta días habían significado realmente.
Yo pensaba que estaba esperando para descubrir si él me deseaba.
Pero él ya me lo había demostrado cientos de veces.
Con cada beso.
Con cada mirada.
Con cada provocación.
Lo que aquellos treinta días me habían enseñado era otra cosa:
que podía desear a alguien sin tener miedo de perderme a mí misma.
Que podía decir sí porque quería.
No porque temiera que un no lo hiciera marcharse.
Y quizá por eso aquel momento fue tan intenso.
Porque después de treinta días, el deseo ya no era una pregunta.
Era una certeza.
Y mientras volvía a besarme, pensé en aquella mujer que lo había conocido sin intención de enamorarse.
La que había quedado con él pensando que era un friki igual que su hermano.
La que no quería impresionar a nadie.
La que solo quería ser feliz.
Y sonreí.
Porque nunca habría imaginado que aquel hombre llegaría con una rosa…
y terminaría convirtiéndose en el único capaz de hacerme perder la respiración con una simple mirada.
Treinta días para aprender a esperar.
Y una vida entera para descubrir que algunas personas pueden incendiarte la piel sin necesidad de tocarte.