Solo por esta noche

Querido diario: lo hice otra vez.
Y no hablo de volver a mirar fotos suyas ni de buscar su sombra en las escaleras. Hablo de volver a imaginarla. A desearla. Como un crío. Como un idiota. Como alguien que intenta mantener la compostura mientras el techo cruje bajo la lluvia constante.
Pared con pared. Ella vive una planta más arriba. A veces baja en chándal, a veces en vestido. Y esta tarde me miró como si supiera exactamente lo que estaba pensando. No fue una mirada neutra; tenía filo, intensidad y una provocación callada.
Volvía a casa con el día pegado en la espalda como un sudor frío. Entré en el portal, me sacudí la capucha mojada y allí estaba ella, esperando el ascensor. Llevaba una camiseta gris de algodón muy fino, pegada al cuerpo. Y sin sujetador. Los pezones marcados, vivos, erguidos por el frío. Un mensaje silencioso pero devorador que me llegó entero, sin filtros.
—¿Tú sabes si recogen la basura los martes o los jueves? —soltó sin anestesia, con voz seca y unos ojos oscuros que no parpadeaban.
—Creo que los jueves —mentí al instante. Sé de sobra que es los martes, pero mi cerebro colapsó.
Sonrió. Una sonrisa corta, inclinada, suficiente para desmontarme el día entero. Subimos en ese ascensor viejo donde el aire se vuelve denso y la respiración ajena se siente en la nuca. Olía a jabón neutro, a piel limpia recién salida de la ducha. Ella iba delante, inmóvil. El pantalón corto dejaba al descubierto el nacimiento de sus muslos tensos y bronceados. Me imaginé poniéndome de rodillas allí mismo, apoyando la cara contra su piel tibia y simplemente respirando su rastro. Al sonar el timbre de su planta, se despidió rozándome la mano al pasar. Un roce deliberado, lento. Como quien dice: «Lo sé».
Pasé dos días atrapado en esa escena, recorriendo el piso de arriba abajo, desvelándome con la fantasía de su cuerpo rindiéndose sobre el mío. Sintiendo la necesidad brutal de transformar la imaginación en carne. Hasta que esta noche ocurrió.
Eran casi las nueve. La lluvia golpeaba los cristales con furia cuando escuché tres toques suaves en la puerta. Al abrir, era ella. Llevaba una sudadera ancha, el pelo recogido de cualquier manera en un moño deshecho y la cara lavada. Pero sus ojos estaban cargados de una mezcla peligrosa de culpa, vulnerabilidad y un deseo contenido a punto de estallar.
—¿Puedo…? —susurró.
Asentí. Se quitó los zapatos en la entrada y caminó descalza hasta el salón. Nos sentamos en el sofá, envueltos por el murmullo constante del agua fuera y la penumbra de la estancia. Me contó que había vuelto a discutir con su pareja, que no soportaba la distancia de su cama. Me confessed que necesitaba huir, que no entendía por qué sus pasos la habían llevado hasta mi puerta, pero que estar a mi lado le daba paz.
—Aquí puedes ser quien quieras —le dije, acortando la distancia entre nuestros rostros—. Aunque solo sea por esta noche.
Y lo vi en el fondo de sus pupilas: la grieta. La apertura total. El permiso implícito.
Nos acercamos sin torpeza. No hubo prisas desmedidas; hubo dos cuerpos que se buscaban como un refugio en medio de la tempestad. La tomé por la nuca y uní mis labios a los suyos en un beso lento, denso, cargado de la sed acumulada de días. Su boca sabía a lluvia y a deseo. Ella respondió abriéndose, dejando escapar un gemido ahogado.
Deslicé mis manos bajo el borde de su sudadera. Su piel desnuda estaba ardiente. Le quité la prenda por la cabeza, dejando al descubierto sus hombros redondeados, la curva firme de sus pechos y esos pezones hipnotizantes que acaricié primero con el pulgar y luego con la boca. Soltó un suspiro hondo, arqueando el talle hacia arriba, y clavó sus uñas en mi espalda.
La recosté en el sofá, despacio. Mis manos bajaron por el relieve de sus costillas hasta alcanzar el elástico de sus pantalones cortos. Deslicé la prenda junto con sus braguitas. Tenía la piel dorada y suave. Sus muslos se abrieron con una naturalidad temblorosa.
Me ubiqué entre sus piernas, sintiendo el calor de su sexo húmedo. Bajé el rostro por su vientre hasta probar su centro. Cuando la rozé con la lengua, ella ahogó un grito contra el respaldo del sofá, entrelazando los dedos en mi pelo. Cada caricia húmeda la hacía estremecerse entera.
No pude contener más la urgencia. Me deshice de mi ropa y me posé sobre ella. Nos miramos un segundo a los ojos antes de unirme a ella en una estocada profunda, fluida y cálida.
El choque fue eléctrico. Ella rodeó mi cintura con sus piernas largas. Comenzamos a movernos en un compás constante, denso. El sonido del roce de nuestras pieles se mezclaba con el crepitar de la lluvia en la ventana. Era una entrega física bruta donde el deseo se convertía en la única realidad. Rozar la curva de sus caderas y ver sus ojos entreabiertos convirtió mi salón en un santuario sin tiempo.
Arqueó la espalda al límite, apretando sus paredes internas contra mí. Su pulso se disparó y comenzó a temblar convulsamente entre mis brazos, liberando toda la contención acumulada en un clímax prolongado. Me dejé arrastrar por su marejada hasta derramarme profundamente dentro de ella con un gemido sordo.
Quedamos colapsados el uno sobre el otro. Nos cubrí con la manta mientras la tormenta amainaba fuera. Ella apoyó la mejilla en mi pecho húmedo.
—Gracias por hacerme sentir viva otra vez —susurró con la voz rasgada.
Le besé la frente. No dijimos una sola palabra más. Me quedé acariciándole la columna vertebral, sintiendo la respiración acompasada de su cuerpo pegado al mío.